sábado, 25 de agosto de 2018

Truenos, soledad y recuerdos...

Tengo que escribir esto, porque, justo hoy, domingo lluvioso por la noche me ha llegado un recuerdo muy lindo, algo personal y sentimental que anhelo compartir.
Cuando estaba en cuarto año de primaria mis papás entraron a un grupo sin religión de autoayuda (no, no son ni fueron adictos a algo, pero fueron por la invitación de un familiar), las reuniones solían ser nocturnas y además de tardadas tenían altos rangos, por lo que se quedaban a sus juntas privadas de dirigentes, el lugar estaba lo suficientemente lejos de casa, por lo que solían irse alrededor de las 6:30 pm y regresar entre 11:00 pm y 1:30 am. En ese entonces vivía mi abuelita materna y nosotros con ella.
Como era de una señora de edad, aún creía que los truenos eran atraídos por contacto con electricidad, metales y agua, por lo que se levantaba de su camita de fierro, o dejaba los ganchos y el estambre (con los que tejió hasta sus días finales), mantenía solo la luz del pasillo encendida y su cuarto era alumbrado por una veladora en vaso colocada en lo más alto de su ropero (lejos de caídas y el alance de tres niños menores de 10 años), nos prohibía acerarnos a las ventanas, ir al piso de abajo, encender luces y televisiones y nos alejaba del baño y los cepillos de cabello (mi hobbie favorito de la infancia: cepillar mi cabello por las noches, qué gran casualidad), se sentaba en su banquito de palma y como nosotros no teníamos otra cosa útil qué hacer sin luz, nos íbamos a su habitación después de que ella hubiera terminado de rezar el rosario con una devoción que no he vuelto a ver luego de casi 9 años, nos sentábamos en el piso y le pedíamos contara alguna de sus grandiosas  historias. A pesar de que ya nos las sabíamos de memoria era grandioso escuchar (en ese orden) "la historia de la ranita", "la sarsalita" (si alguien sabe cómo se escribe, le agradecería me dijera), "los tres perritos" "Lucía, Lucía" y otras cuantas (al parecer no tan relevantes para nadie porque aunque somos los nietos más chicos y quienes menos veces escucharon tales historias, ni mis tíos, primos o sobrinos mayores las pueden recordar con claridad).
Era de los pocos momentos en que mis hermanos menores y yo nos quedábamos callados y juntos sin pelear por más de media hora, mi abuelita bien sabía que nuestro silencio y quietud dependía de cómo contaba la historia, por lo que procuraba ser lo más detallada posible además de tomar su tiempo al relatar.
Pasadas las lluvias, mis hermanos y yo nos acomodábamos junto a ella para dormir.

Hasta que mis papás llegaban en su auxilio y llevaban a mis hermanos a su cama...

Yo, por otro lado me dormía siempre con ella. Algunas veces incluso después de que se hubiesen ido mis hermanos, antes de dormir le pedía que me contara de nuevo alguna de estas historias, no me quedaba dormida hasta que ella la terminara de contar, eran tan atrapantes y detalladas que hacía cada personaje cobrara vida, quizá lo que ella más disfrutaba era reír conmigo, porque cuando estábamos solas además de contar con su gran peculiaridad, hacía énfasis tal en las partes más divertidas que el reírme lo provocaba en ella como acto reflejo.
Hoy este recuerdo no es de dolor, sino aquél que conservo con cariño, porque mientras vivimos juntas, nunca le faltó una sonrisa en su tierno rostro, menos conmigo...

¿Qué darías tú por volver a ver a aquella persona que ya no está; aquella que te vio crecer y ahora te cuida desde otro lugar aunque no la puedas ver?

1 comentario:

  1. ¡Qué bonito es recordar! Y que hermoso es cuando se vuelve la memoria a alguien tan querido.

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